Dudas y Deudas

Soy Godín, tengo 30 y no tengo casa

Andrea Pérez

Hice todo bien, o al menos todo lo que escuché que debería: estudié, conseguí trabajo antes de graduarme, construí una carrera. Tengo estabilidad laboral, un buen sueldo, historial crediticio limpio. Pago mis tarjetas, declaro mis impuestos, tengo hasta un Excel de mis gastos y cuando siento que las cosas están medio apretadas, no me tiento el corazón para recortar gastos.

Soy, en papel, exactamente el tipo de adulta funcional que el sistema promete recompensar. Y aún así, todavía no compro casa, como mis padres y mis abuelos a mi edad.

¿Y la casa para cuándo?

En algún punto de la vida, a mi mamá y a mi abuela seguro les preguntaban cuándo iban a casarse. Para mí la expectativa se modernizó: luego de graduarme, la pregunta se volvió ¿y no piensas comprar casa, un departamentito o algo ya tuyo?

Hasta mi banco lo pregunta. Hace poco fui a hacer un trámite equis y me encontré con que la campaña del momento son las hipotecas: carteles, folletos, la ejecutiva preguntando si no quería una cotización. Me hicieron un cálculo rápido ahí mismo: tres millones de pesos. Y en lugar de emocionarme, sentí un nudo en el estómago.

Y bueno, entiendo el deseo, que también es el mío. Pero aún así, siento que todavía no es el momento. Y no es nada más miedo a firmar una deuda de veinte años en un mundo que no promete ni cinco, que no te voy a mentir, también tengo. Son cuentas. Las hice y no salen como la presión social cree que saldrán.

Estoy pagando la hipoteca de alguien más

Llevo ocho años viviendo sola. Ocho años cargando el cien por ciento de mis gastos: renta, luz, internet, súper, el veterinario, todo por mí misma.

Mismos 8 años rentando, que en esta ciudad se volvió un deporte extremo: entre 2020 y 2025, la renta promedio en CDMX subió 46%. En colonias como la Roma o la Condesa, el alza supera el 53% y cada año sube.

Yo lo vi pasar en tiempo real, contrato tras contrato, cada renovación un poquito más agresiva que la anterior. Y todo apunta a que el próximo año me va a tocar mudarme otra vez y no porque quiera, sino porque la renovación va a llegar con un número que ya no va a tener sentido ni para los 60m2 ni para mi sueldo.

Tampoco soy la excepción: CDMX es la ciudad con más propiedades habitacionales en renta de todo el país con 44% y de las personas entre 26 y 35 años, más de la mitad rentamos. En mi generación, siete de cada diez queremos comprar… y solo tres y medio lo logran (aunque muchos no a esta edad). El resto pagamos, mes con mes, la hipoteca de alguien más.

Los números no me quieren cerca de la oficina

Trabajo en la Roma. Me encantaría vivir en algún lugar desde donde llegar a la oficina no sea una expedición ni un logro de supervivencia en el transporte público en horas pico. Pero vivir cerca de la Roma cuesta lo que cuesta: un departamento de una recámara en la zona Roma-Condesa cuesta en promedio cinco millones y medio de pesos, y las opciones “accesibles” arrancan en dos o tres millones. Con suerte. Y con cuarenta metros cuadrados.

Y sí, yo sé que no es a fuerza vivir en la Roma. Pero como mujer, me gustaría vivir en una zona en la que pueda sentirme relativamente segura caminando con mi perro por las noches y no tener que comprar un carro.

Hagamos cuentas rápidas. Con lo que Infonavit me ofrece me alcanza para… no la Roma. Ni la Condesa, probablemente ni del otro lado de Viaducto. Me alcanza para mudarme lejos, muy lejos y pagar la diferencia en tiempo de vida: horas diarias de traslado. Ese es el verdadero enganche que nadie te dice, no lo pagas en pesos, lo pagas en años.

Y no es que yo haya llegado tarde a la fiesta. Es que la fiesta se encareció mientras yo aún no alcanzaba la fila: entre 2016 y 2022, el valor de la vivienda en CDMX subió más de 58%. Los ingresos, en el mismo periodo, crecieron solo 4%. Cincuenta y ocho contra cuatro. No perdí la carrera; la carrera estaba perdida.

La trampa de comprar lejos

Comprar lejos no es más barato. Es caro de otra forma.

Porque comprar en la periferia significa, casi automáticamente, comprar un coche para no pasar 2 o hasta 3 horas en el transporte. Y un coche no es un gasto: es una colección de gastos fijos y variables.

Desde comprar el auto, la gasolina, el seguro, la verificación, el mantenimiento, el estacionamiento. Una gran proporción del sueldo, disfrazado de libertad.

A esa hipoteca “accesible” habría que sumarle un vehículo que hoy no necesito, porque hoy mi vida funciona a pie, en metro, en metrobús.

Entonces la cuenta real no es renta cara en el centro vs. hipoteca accesible en la periferia. Es mi vida actual vs. mi vida actual más un coche, menos dos horas al día, menos las caminatas nocturnas con mi perro. Y esa cuenta no me sale. No quiero vivir en la periferia para poder decir que algo es mío. Quiero vivir en un lugar bonito, donde pueda salir a caminar con mi perro por la noche y sentirme segura. Eso no debería ser una aspiración de lujo. Es, literalmente, lo mínimo, lo humano.

Y aún así, quiero quedarme

Aquí viene la parte donde quizá pienses que debería decir “por eso me voy a Querétaro” o “por eso estoy viendo opciones en el Edomex”. Pero no. No me voy.

Esta es mi ciudad. Aquí están mis rutas de metrobús memorizadas, mi puesto de tacos de confianza, los conciertos a los que llego cantando desde antes. Aquí aprendí a estar sola sin sentirme sola. CDMX es caótica, injusta, carísima y también es el único lugar donde mi vida tiene la forma que tiene.

Quedarse no debería ser un lujo. Vivir cerca de donde trabajas no debería ser un privilegio de quien heredó o llegó con dólares. Una ciudad que expulsa a la gente que la trabaja, la camina y la quiere, se está vaciando de sí misma aunque los edificios sigan llenos.

Así que sí: soy Godín, tengo 30, llevo ocho años pagando rentas que suben más rápido que mi sueldo, Infonavit me ofrece una fracción de lo que necesito, y aunque el banco tenga algo que ofrecerme, sé que comprar lejos me costaría hasta mis caminatas nocturnas con mi perro. ¡No hay prisa! Estas decisiones no deben tomarse a la ligera.

Y aún así, quiero seguir en CDMX. Porque es mi ciudad, aunque las escrituras digan otra cosa. Mía es la ruta que me sé de memoria, el parque donde mi perro conoce a todos, los negocios donde me saludan al pasar. Y porque cada vez somos más los que decimos esto en voz alta: las ciudades que hoy son inalcanzables no siempre lo fueron, y no tienen por qué serlo siempre.

La casa llegará cuando los números y yo estemos listos. Mientras tanto, no estoy esperando: estoy viviendo. Me quedo, camino, pago mi renta, escribo esto. Porque la ciudad para todos no existe todavía, pero se construye quedándose.